La importancia de las caminatas

Cuando tenía más o menos 15 años yo estaba sumergida en el encanto por todo lo que, con esa edad, iba descubriendo. Música, personas, actividades, hormonas, sentimientos. Casi en el súmmum de la intensificación de todo, hacía mi vida estando en 1er año de la media, lo que la antigua generación llama 4to curso.

Salía del colegio, tomaba el 30, me bajaba en la Petrobras de Autopista y Madame Lynch, caminaba unas cuantas cuadras bajo el sol hasta llegar a mi barrio y luego a mi casa.

Esta caminata es trascendental. Las caminatas te hacen crecer. Por eso creo que aquel que nunca tuvo que tomar un colectivo en su vida y caminar, se saltó muchas lecciones en la vida. Entre piropos desagradables de transeúntes pseudo-cavernícolas y la tribu de heladeros que reposaban con sus carritos bajo la sombra del árbol de la plaza, parejas que se encontraban en los bancos de la misma, niños y perros jugando, yo aprendí a apreciar las cosas sencillas del día a día. El sol iluminando alegremente todo, esa brisa secando el sudor que hasta instala esperanzas en los calurosos mediodías y lo más lindo, acercarte cada vez más a sacarte el uniforme y almorzar.
En mi barrio, que es uno cerrado, somos todos muy amigos y unidos (o al menos lo éramos).

Desde chicos, crecimos en las calles, por temporadas acorde a nuestra edad venían las escondidas, las bicicletas con rueditas, sin rueditas, explorar en las pistas de motocross en secreto y sin permiso de nuestros padres, monopatines, rollers, tapaditas y luego algunos juntándose a fumar en las esquinas, posicionados estratégicamente para ver llegar a los adultos y tirar ese cigarrillo lo más lejos posible para no ser captados en tan ilícito momento.

Entonces yo llegaba del colegio caminando y en la esquina estaba mi vecino Santi con su compañero que yo conocía de vista (no es la primera vez que le veía, además de ser compañero de Santi, vivía en el mismo barrio y era primo de otro amigo y y amigo de mi hermanito Edu), ambos creyendo que les salía bien eso de disimular la fumanchada furtiva, con la paranoia a flor de piel por cada persona que se asomaba. Y fue ahí que, por más incierto que se lea, mirando a este chico de aspecto desfachatado con camisa y pantalón de colegio, los dientes separados, las pecas y el cabello más negro que el alma de Voldemort, me dije “tengo que acercarme a él”. Ni siquiera me imaginaba a él con un rol específico en mi vida sino que tenía que conocerle… y con el tiempo lo hice.

Al cumplir 16, en mayo del 2005 me regalaron lo que sería mi primer celular. De esos con luces a los costados y una bandeja de entrada y otra de salida. Más que suficiente.

Luego de meses de verle ocasionalmente en esas caminatas con su desfachatado look de siempre y esa actitud introvertida caminando hacia su casa y yo hacia la mía, encontré una excusa y le escribí. La excusa fue Santi, el resto fuimos él y yo. Y como se dan las cosas, nos dimos nosotros.

Era octubre del 2005 y yo, como dice “Antología” de Shakira aprendí más de mil formas de besar, aprendí a mentir para vernos después de exámenes, aprendí a mimar, a amar a hacer tantas cosas nuevas o hacer cosas viejas pero que con aquel chico que fumaba a hurtadillas en la esquina de mi casa, tenían un sentido totalmente nuevo.

Y esa etapa de mi vida fue así: Él y yo, escuchando Attaque 77, besándonos, siguiendo la corriente a nuestras hormonas de una forma totalmente inocente. Regalándonos música. Yo le regalaba canciones cursis y románticas, el me regalaba Punk e ideas complicadas. Yo con mi bolígrafo, uniendo sus miles de lunares como en “une los puntos” tratando de dibujar algo con sentido, y él escribiéndome canciones. Yo dibujándole cosas y él mirándome con esos ojos enormes que no saben mentir. Él y yo, escribiéndonos cartas y mandándonos a través de Santi, el vecino compañero y palomo mensajero. Hablando por teléfono horas enteras, llorando, compartiendo las cosas más íntimas que podíamos compartir, soñando juntos, con la pureza de los 16. Él tenía 15. Nos unían las ganas de vivir, de volar, el afán de analizar todo, de sentirnos perdidos y a la vez con rumbo.

Como todo en la adolescencia, este noviazgo duró muy poco, sin embargo, la relación no terminó.

Nos unía algo mucho más allá de lo tangente. Este chico no era solo un noviecito más, nos hicimos amigos, lo consideré mi mejor amigo. Siempre estuvimos ahí.

Hasta que a los 19, volvimos a cruzar la línea de la amistad. Lejos de tener las jugadas más inteligentes, nos enganchamos y con el pánico en el instinto, me fui. Le dejé en bolas.
Pero como siempre, al rato empezamos de nuevo a ser amigos muy unidos, hablando cada tanto. Acompañándonos en momentos muy definitivos en nuestras vidas. Él sabe mis dramas, yo se los de él. Él estaba mal, yo le subía el ánimo y viceversa. Conocía a cada una de las chicas con las que tenía algo, el conoció a cada uno de los chicos con los que tenía algo. Nos hacíamos el aguante cuando no funcionaba, nos hacíamos reír cuando no pasaba nada, crecíamos juntos.

Nuestras familias eran amigas, nos conocemos todos. Teníamos un mundo en común.

Hasta que… un día en el 2011, mi mamá me dice “vestite” y ya en el siguiente momento le estaba dando el abrazo más fuerte que podía darle para hacerle saber que estaba ahí ante su pérdida.
Al día siguiente decidió dejar de ser mi amigo, quise entender que fue porque empezó una relación que iba para algo serio. Pero no entendí.

Para mi las cosas siempre fueron “o te bancas a mi mejor amigo, o esto no funciona” en mis relaciones. Por lo visto para el no. Me ofendí. Me enojé, lloré, sufrí mucho, como cuando te quitan algo sin avisar, y hasta ese entonces, lo que yo creía que eran 6 años de una amistad especial, se habían esfumado.

Habré escrito algún que otro mail o mensaje con el enojo instalado. Contestó solo uno pidiéndome que me olvide de él.

Para este entonces ya dejé de hacer las caminatas que me enseñaban tanto. Tampoco estaba únida a mis vecinos, algunos me parecían falsos. Tenía amigos nuevos y a mis amigas del colegio, me bastaba. Me llamaron a dar una oferta de trabajo que acepté. Él me había llevado a la entrevista antes de todo.

El año 2013 fue duro.

Es curioso como cuando estás en el colegio, pensas que a los 18 la vida va a ser mucho más fácil y clara, luego llega esa etapa y la realidad te pega con el martillo de Thor, en la cara.
Estuve en una etapa oscura de mi vida que a pesar de no ser la mejor, es demasiado importante en mi desarrollo como persona. Aprendí un montón. Volví a brillar, así me sentía, poco a poco renaciendo. No hay monstruos invencibles.

Todo el tiempo vamos reajustando nuestro propio ecosistema emocional. Movemos las piezas de acuerdo a que tan bien nos hacen o cuanto lo necesitamos, es la parte importante del joven que va camino a la adultez. Algunas personas se van, otras se quedan y es completamente normal.
¿Pero qué pasó con el chico pecoso de pelo negro? Para mí esto no fue normal.

El chico hizo su vida, como estamos en Paraguay, nos encontrábamos cada tanto. No podía verle sin sentir un leve dolor porque ni siquiera me saludaba como antes. Ya habían pasado 3 años, decidí que era momento de superar. No podes forzar las situaciones si una de las partes no está interesada. Un día decidí ser yo la que no saludaría más.

En el 2014 nos vimos una vez y no le saludé. La verdad que tampoco se sintió bien. Me gusta ser educada y saludar. No soporto a las personas que te conocen y en persona no te saludan. No quiero ser así.

Meses después, por cosas de la vida la relación que él tenía, terminó. Y un día me habló de nuevo. Claro, me lo tomé medio mal (¿cómo te tomás a alguien que luego de tres años, termina un noviazgo y te escribe?) pero con total honestidad nos dijimos lo que pensábamos y fue así como la amistad resurgió.

Una amistad que sin saber, nunca fue amistad. Su honestidad me dejó en claro que era necesario alejarse de mí para poder hacer las cosas bien. Ahora sí, entendí.
Es increíble lo que 3 años hacen en la vida de una persona. Si dejas de hablar por 3 años con alguien, cuando lo volvés a hacer, estás conociendo una persona completamente nueva. Pero él y yo, a través de todo lo que pasamos crecimos y estas nuevas personas son mejores versiones de lo que solíamos ser.

Fiel creyente de que las conexiones no se borran, el chico de pelo negro, ahora con canas, volvió a mi vida de una manera mucho más intensa que antes, mucho más intensa que nunca.

Hablamos todos los días desde su regreso a mi vida, desde mi regreso a su vida.

En algún punto de este retorno, siendo amigos con alguna tensión a cuestas, me encuentro durmiendo a las 4:30 de la mañana y mi correo de voz recibió el siguiente mensaje: “Estoy en el casamiento y me acabo de dar cuenta de algo, tuve una revelación: Te amo. Quiero que estés acá bailando conmigo y mis amigos”. Para ese entonces el “te amo” era puro y sin títulos. Yo sentía lo mismo, ya había tenido esa revelación antes. Me hice pipí de la emoción. Escuché el mensaje de voz repetidas veces, su español estaba bastante deteriorado a causa del escabio.

Una cosa que hay que entender es que él y yo somos dos apasionados por las bebidas y la joda. El me dice “bi” y yo le digo “rra”.

Era octubre del 2014, ya con 25 y 24 años, 9 años después de nuestro primer noviazgo (mi primer noviazgo en la vida) y el chico fue de vacaciones a La Plata a visitar a su mejor amigo.

Las distancias siempre son epifanías. Ya se escapaban ‘te quieros’ previos al viaje constantemente, también otras cosas. Nos agarrábamos de las manos tiernamente por las calles. Nos reíamos de estar haciendo eso.  Eramos el y yo. Siempre todo fue risas.

El 26 de ese mes llegó a Asunción, fui al aeropuerto a buscarle con su amigo. No se pudo contener la ansiedad. La ansiedad es su lazarillo. Me trajo de regalo un libro que hacía meses quería leer y no encontraba en las librerías. Jamás pensé que me escuchaba al contar que lo quería. El gesto fue muy lindo, me tomó por sorpresa.

Al abrir la primera página me encuentro con sus letras escribiendo:

“¿Querés ser mi novia?

Con mucho amor,

Con toda la sinceridad

Con todo el corazón.”

Me derretí. Lejos de ser adolescentes confundidos, volvimos a amar ¡y qué manera de amar!

Y es como nos escribe Benedetti:

Todas las parcelas de mi vida tienen algo tuyo
y eso en verdad no es nada extraordinario
vos lo sabés tan objetivamente como yo

Sin embargo hay algo que quisiera aclararte
cuando digo “todas las parcelas”
no me refiero solo a esto de ahora
a esto de esperarte
             y aleluya encontrarte
             y carajo perderte
             y volverte a encontrar
             y ojalá nada más

No me refiero a que de pronto digas
             voy a llorar
y yo con un discreto nudo en la garganta
             bueno, llorá
y que un lindo aguacero invisible nos ampare
y quizás por eso salga enseguida el sol

Ni me refiero a solo a que día tras día
aumente el stock de nuestras pequeñas y decisivas complicidades,
o que yo pueda
             o creerme que puedo
convertir mis reveses en victorias
o me hagas el tierno regalo de tu más reciente desesperación.

No
La cosa es muchísimo más grave

Cuando digo “todas las parcelas”
quiero decir que además de ese dulce cataclismo
también estas reescribiendo mi infancia
esa edad en que uno dice cosas adultas y solemnes
y los solemnes adultos las celebran
y vos en cambio sabés que eso no sirve

Quiero decir que estás rearmando mi adolescencia
ese tiempo en que fui un viejo cargado de recelos
y vos sabés en cambio extraer de ese páramo
mi germen de alegría y regarlo mirándolo

Quiero decir que estás sacudiendo mi juventud
ese cántaro que nadie tomó nunca en sus manos
esa sombra que nadie arrimó a su sombra
y vos en cambio sabés estremecerla
hasta que empiecen a caer las hojas secas
y quede la armazón de mi verdad sin proezas

Quiero decir que estás abrazando mi madurez
esta mezcla de estupor y experiencia
este extraño confín de angustia y nieve
esta bujía que ilumina la muerte
este precipicio de la pobre vida

Como ves es más grave
muchísimo más grave
porque con estas
             y con otras palabras
quiero decir que no sos tan solo
la querida muchacha que sos
sino también las espléndidas o cautelosas mujeres
que quise o quiero

Porque gracias a vos he descubierto
             (dirás que ya era hora y con razón)
que el amor es una bahía linda y generosa
que se ilumina y se oscurece
según venga la vida,
una bahía donde los barcos llegan y se van
llegan con pájaros y augurios
y se van con sirenas y nubarrones

Una bahía linda y generosa
donde los barcos llegan y se van
             pero vos,
             por favor,
             no te vayas.

Ahora que estamos en mayo del 2015. Ya tengo 26, el 25.
Y acá es cuando quiero hablar de mí:

Nunca me sentí así. Cliché, de los auténticos.
-Porque amar es así, ¿viste? Un eterno cliché-

Cuando te convertís en un cliché, vos que eras esa persona que intentaba dar esa imagen de ruda y poco sentimental, te ves dividida en dos:

  • La que no se aguanta por ser todo lo que no quería ser: Te querés autopegar en la cara por estar monotemática, por no poder dejar de compartir todo aquello que te hace tan feliz. Por subir fotos sin parar, por querer más horas para verle, por ser la boludita que se ríe al revisar su celular. No podes creer que estés en esa situación. Sos todo eso de lo que te burlabas.
  • Y la que nunca fue tan feliz como ahora. Demasiado simple.

Pero Lui es esa persona que si quiero tomar una cerveza, ya está destapando una lata para pasarme.

Que si quiero hacer nada, me pasa la manta y se queda en silencio a mi lado.
Que si quiero salir a bailar, me pregunta a que hora nos vamos.

Nadie me conoce más que él. Nadie le conoce a él como yo.

Amo nuestra historia, amo cada error, cada decisión, cada minúscula parte que nos hace él y yo.

Y los pasos continúan, en diciembre del 2015, tendremos un pedacito de Asunción con techo para nosotros solos.

Ahora las caminatas son con él.
Nada como ir juntos a la par.

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